Siento que
alguien me roba, que a mis espaldas la sombra amenaza, presiento que la hermosa
cara de ángel de la joven vestida de gala puede sacarme lo poco que tengo que conseguí
con lágrimas y tiempo. Vi como la moda de la mochila fue cambiando desde la
espalda al pecho y como las carteras viajan en la ingle y no al costado como en
los tiempos en que fue creado. Noté como en el subte C dos jóvenes vigiladas
por dos perros guardianes y matones, controlaban que ellas con su bolsita vacía
tapen la extracción de lo que encuentren en la campera de la dama o del bolso
del caballero distraído con su mp3. Escuché como dicen los choferes a los
pasajeros: “Atención, cuiden sus objetos personales”, una “sana costumbre” de
prevenir cada uno pero de no actuar.
Percibí la unión de la gente pero sin
respaldo oficial, la soledad de los tiempos actuales.
Vi odio en
los ojos de la gente en las paradas del colectivo cuando la demora y la espera
es larga y no hacia el transporte que no llega solamente, sino referido al odio
que causa la desconfianza hacia la persona que espera atrás nuestro; hacia los
adolescentes jóvenes que pueden arrebatar, correr y perderse que aunque sean
buenas personas, ya ganaron mis dudas. Vi como una persona lloraba porque una
trincheta le cortó un borde de su valija y le sacaron cosas de valor
sentimental y noté que de once adultos en la fila, cinco eran ladrones
estratégicamente vestidos, intercalados vestidos de traje, de minifalda
provocadora, de abuela, de estudiante y trabajador.
Aprender a
vivir con el mal humor en las calles duele en el alma, porque la manzana
podrida ha contagiado a toda la bolsa; el paso agitado y apresurado cuando cae
la noche ni siquiera alcanza porque hasta el sol se da el lujo de alumbrar lo que
está prohibido. La crudeza de lo malo anidó en mis pensamientos y se adueñó de
mis pasos temerosos por la ciudad o por provincia; me hizo duro, seco y egoísta
y a marcar prevenciones por imagen, por cara, por ropa, por habla, por
actitudes, por visera o por marcas, me enseñó a no ser simple y generoso con
todos como la naturaleza innata, a no mostrar la sonrisa de corazón y la
comodidad de la mirada ante un buen gesto ciudadano.
Se ha
perdido la costumbre de ser amable por la desconfianza que manda los libertinajes
de la sociedad, por leyes muertas y malas gestiones políticas, por exclusividad
a sectores y marginación a otros.
Noté en mi
juventud cómo cambiaron las personas y oler el odio de las calles que flota en
el aire con sabor a carne descompuesta; cuidarse porque algo puede pasar, no
volver o tal vez, regresar al hogar con un dolor marcado en la memoria. Aprendí
a aceptar lo de siempre en los noticieros, lo que se tornó una costumbre y
siempre ocurre tan cerca de nuestros hogares: muerte, robo, pungueo, peleas,
drogas, dinero….
Me
acostumbré a dudar del amontonamiento en los medios de transporte o de las
esquinas repletas en horas pico y a dudar de los viejos o niños borrachos o
drogados que olvidan su dolor en las plazas donde duermen, aquellos que alguna
vez, invité un paty o un helado y que ya no sucederá.
Aprendí el
nuevo idioma unísono “cabeza” originado en las cárceles en tiempos viejos y que por
guapeza, la nueva educación de desconocidas fuentes motivó en muchos niños y
jóvenes a aprender para no sentir la marginalidad amistosa grupal; aprendí a
escuchar y a entristecerme: “Eh, amigo, una monedita pa´comprarle la leche a
mis hermanitos?/¿Todo piola?/Dale, guacha, si te re cabe/Eh, gato, recatate/
qué agitá!/Parate de mano, gato, me la re banco/Eh, amigo, yo también robo...”. Noté que
llamar la atención es una manifestación de protagonismo necesario ante el
mundo, en un concepto equivocado de la vida producto de la educación errónea.
Noté que he
cambiado y ya no soy un ave libre sino un sueño infinito con cadena al suelo,
que mi mundo se achica y puede desaparecer, aprendí a suponer que algo va a
pasar y duele al pecho recordarlo. Acepté la soledad en un mundo lleno de
personas y caras desconocidas que pasaron a ser un número y no un vecino o
hermano, un ciudadano, un posible amigo…
Cabe
destacar que éste, no es un análisis sociológico, antropológico, experto ni
catedrático sino un sentimiento que se queja todos los días en el silencio, no
hay que ser profesional para ver pero si, sensible para detectar que los tiempos
de la casa abierta ya son historias de libros y canciones de rock y folklore, y
presentes solamente en los pueblos del norte argentino…
Siento que
alguien me roba, que mi sombra me clavará un puñal en la espalda…por las dudas
mantendré la luz apagada así no veo lo que no quería mirar...

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